SERVICIO PÚBLICO VAPULEADO
Por ÁLVARO GÁLVEZ MEDINA

El mal existe, y en muchas ocasiones no tiene dinero para pagar a un abogado, así que no es extraño que recurra a uno de oficio. Parricidas, fratricidas, filicidas, violadores, pedófilos y un sinfín de palabras más que representan la crueldad humana pueden ser estampadas en los expedientes a los que, en ocasiones, tienen que enfrentarse los abogados de oficio. Pero si no fuese por todos los que desempeñan esa labor, dudo que pudiéramos afirmar que vivimos en un país en el que nadie está indefenso ante la ley.

Es bonito poder decir que nuestro Estado garantiza que cualquier persona tenga derecho a la defensa y a la asistencia de letrado (art. 24 CE); sin embargo, no resulta tan estético explicar cómo se hace eso posible, sobre todo cuando se debe lidiar con los crímenes más atroces. Y esta peligrosa tendencia a la superficialidad y a la hipocresía ha convertido a los abogados de oficio, en muchas ocasiones, en los encargados del trabajo sucio, el cual está tan mal reconocido como pagado. Pero qué bien sienta, como ya he manifestado, poder aseverar que durante todos los días del año hay abogados que velan por aquellos que carecen de recursos para litigar (art. 119 CE).

El problema es que el abogado de oficio, sabedor de la función social que está cumpliendo, en muchas ocasiones no solo tiene que enfrentarse a la complejidad del asunto que se le encomienda, sino que, lamentablemente, también debe justificarse ante las críticas que provoca su trabajo, con el desgaste que supone aguatar el imparable estereotipo de ser considerado una persona sin escrúpulos, aun sabiendo que la malicia o la imbecilidad no atienden a gremios, sino a la personalidad de cada individuo. Y es que no es extraño que la gente exprese sin ambages la repugnancia que le producen los que, por ejemplo, defienden a un violador o a un asesino, como si ello significase que el letrado es cómplice o encubridor del criminal.

En esos casos, cuando me preguntan cómo es posible que alguien sea capaz de defender a un supuesto criminal, respondo pidiendo que me indiquen si preferirían que, directamente, sin instrucción, sin juicio, se condujera al sospechoso —ya condenado socialmente— al cadalso, situado en cualquier plaza pública, y se procediera sin más a su ejecución. Nada de preguntas. Sin rechistar.

Y lo pregunto porque no sería la primera vez que esto sucede a lo largo de la historia. De hecho, el otro día, mientras leía Vigilar y castigar, de Michel Foucault (pág. 44-45, Siglo XXI Editores) —mi vida me ha llevado a lugares muy oscuros—, descubrí lo siguiente: «Según la Ordenanza de 1670 (…) era imposible para el acusado tener acceso a los autos, imposible conocer la identidad de los denunciantes, imposible saber el sentido de las declaraciones antes de recusar a los testigos, imposible hacer valer, hasta en los últimos momentos del proceso, los hechos justificativos; imposible tener un abogado, ya para comprobar la regularidad del procedimiento, ya para participar, en cuanto al fondo, en la defensa». Es decir, hubo épocas en las que no había ni rastro de derecho de defensa en el procedimiento penal.

Pero, además, si atendemos a los castigos que se imponían en tiempos pretéritos, descubrimos que carecer de abogado no era lo peor, pues estaba instaurado el suplicio, y se ejecutaba a los condenados, por ejemplo, en plazas públicas, y tratando de alargar el sufrimiento. Y se hacía así no solo por el condenado, sino también como demostración de poder por parte del Estado, para intimidar al pueblo, para que conociera hasta qué punto llegaba la crueldad de las penas.

En definitiva, las penas se imponían tanto para castigar al condenado como para amedrentar al pueblo. De este modo, el acusado quedaba a merced del poder, que lo utilizaba para aplicarle suplicios resonantes, como si eso lo reafirmara y ayudara a reducir el número de delitos.

Espero que esa gente que, hoy por hoy, se sorprende cuando un abogado defiende a un criminal tampoco quiera eso, espero que sea consciente de que constituiría una evidente regresión. Pero, además, tampoco estaría mal que se empezara a tener claro que, si queremos un Estado en el que no exista indefensión ante la ley, no puede haber excepciones, nadie puede quedar excluido, por muy desagradable que pueda resultar el delito cometido, y lo idóneo sería valorar a los que, a pesar de ello, velan por que sea posible. Parece fácil, pero los hechos denotan lo contrario.

Reflexionando sobre lo injustamente valorado que está el turno de oficio, he recordado la conocida novela Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, que narra la historia de un abogado que, por defender a un negro acusado de violación, tiene que sufrir el rechazo de sus conciudadanos. El libro fue publicado hace más de cincuenta años, pero sigue resultando inspirador, y puede ayudar a comprender la situación en la que se encuentra un abogado cuando, a pesar de las críticas, considera que debe cumplir con su deber.

Afortunadamente, no siempre se infravalora a los abogados de oficio, y buen ejemplo de ello fue la sentencia de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, de 16 de enero de 2018, cuyo ponente fue Manuel Marchena Gómez. El letrado de oficio debía defender a un hombre acusado de cuatro delitos de agresión sexual y cuatro delitos de detención ilegal, dos de ellos en concurso medial con la agresión sexual, dos faltas de lesiones y un delito de lesiones. Es decir, tuvo que enfrentarse a un expediente muy complejo y de difícil digestión. Pero alguien tenía que hacerlo. Y aunque no logró obtener una sentencia absolutoria, el magistrado, a raíz de su trabajo, plasmó las siguientes palabras en la sentencia: «En supuestos como el que ahora centra nuestra atención, el significado del turno de oficio como instrumento para hacer realidad el compromiso constitucional de asistencia jurídica gratuita a quienes carezcan de recursos para litigar adquiere todo su valor. Se presenta como un servicio público ofrecido de forma voluntaria por la Abogacía y que garantiza una defensa jurídica del máximo rigor técnico. Nuestro reconocimiento, por tanto, a quien con su trabajo ha prestigiado la labor cotidiana y silenciosa de todos aquellos Letrados que, día a día, hacen posible, con la máxima solvencia, el derecho a la defensa y a un proceso con todas las garantías».

Y esa conclusión a la que llega el magistrado, es decir, que los abogados de oficio garantizan que ningún proceso carezca de todas las garantías y que se ejercita el derecho de defensa, es la que debe calar en la sociedad; ese es, en definitiva, el mensaje que los abogados de oficio deben transmitir.

Si trabajamos en ese sentido, si continuamos esforzándonos por conseguir que se valore el turno de oficio como corresponde, puede que un día llegue incluso a ser valorado por el Gobierno, cuyo ministro de justicia inaugura despachos de abogados privados, pero no parece esforzarse por evitar que la retribución de los letrados de oficio esté en las antípodas de la dignidad. Quizá si representásemos un buen puñado de votos nos prestaría más atención, pero lo único que representamos es un servicio público necesario para la sociedad. Y no podemos esperar a que nuestros representantes políticos necesiten recurrir a la asistencia jurídica gratuita para que sean conscientes de su importancia, sobre todo porque, al menos en cuanto a sus sueldos, tengo entendido que no se quedan cortos. Por eso debemos seguir reivindicando que el turno de oficio, un servicio público que se presta a diario, sea justamente reconocido.

Y es que mientras escribo estas palabras tengo la certeza de que hay numerosos abogados pendientes de sus teléfonos por si alguien sin recursos los necesita, y cuando se esté leyendo este artículo también los habrá, y me parece tan evidente su utilidad y su importancia que no querría ni imaginarme qué sucedería si un día nos diese por hacer huelga durante unos días.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies